La voz de la Pachamama
La doctora Elara Benítez amaba el lenguaje de la Tierra. Para ella, un sismógrafo no era un instrumento; era un estetoscopio. Las ondas P y S eran las sílabas de un discurso profundo y lento, la historia del planeta contada en fracturas y temblores. Desde su puesto de monitoreo en las faldas del Cotopaxi, el volcán activo más alto de Ecuador, pasaba sus días escuchando los gruñidos del gigante dormido. Su trabajo era predecir la furia, interpretar los susurros antes de que se convirtieran en un grito de ceniza y fuego.
El nuevo equipo era su orgullo. Una red de geófonos cuánticos, diseñados por ella misma, capaces de detectar vibraciones a una escala nunca antes posible. Podían diferenciar el paso de un cóndor sobre la nieve del temblor de una burbuja de gas subiendo por el magma. Los i...



