Un anarquista del siglo XIX con sombrero y abrigo largo, a punto de lanzar una bomba esférica en una calle europea, simbolizando la "propaganda por el hecho".Cuando las palabras ya no bastan, el acto violento se convierte en el manifiesto.

Le invito a explorar una de las filosofías políticas más siniestras y malinterpretadas de la historia. Una doctrina que rechaza el panfleto y la urna electoral como herramientas de cambio y, en su lugar, abraza la bomba y el puñal. No como armas de guerra, sino como instrumentos de comunicación. Esta es la historia de la «propaganda por el hecho», el código sangriento que guio a las sociedades secretas anarquistas de finales del siglo XIX y principios del XX.

Cuando pensamos en propaganda, imaginamos palabras, imágenes, discursos. Pero para estos revolucionarios, la forma más pura de propaganda era la acción misma. Un acto de violencia espectacular y simbólico —el asesinato de un rey, la bomba en un café de la burguesía— podía comunicar más que mil manifiestos. Podía despertar a las masas de su letargo, demostrar la vulnerabilidad del Estado y, a través del terror, acelerar la llegada de la revolución.

Hoy, vamos a desentrañar esta oscura estrategia. Rastrearemos sus orígenes filosóficos en las obras de Bakunin, analizaremos su anatomía como táctica de guerra psicológica y seguiremos su rastro de sangre a través de la historia, desde el asesinato de un zar ruso hasta las bombas en los bulevares de París. Esta no es solo una lección de historia; es una inmersión en la mentalidad que cree que la destrucción puede ser un acto de creación.

El origen de la idea: cuando la acción precede a la palabra

La idea no nació en el vacío. Surgió del fracaso de las revoluciones de 1848 y de la brutal represión de la Comuna de París en 1871. Para muchos revolucionarios, estos eventos demostraron que el cambio pacífico era una ilusión y que el Estado nunca cedería el poder voluntariamente.

El concepto fue articulado por primera vez por el revolucionario italiano Carlo Pisacane, quien escribió que «las ideas surgen de los hechos y no al revés». Pero fue el anarquista ruso Mikhail Bakunin quien le dio su alma filosófica. Bakunin, un titán del pensamiento anarquista y rival de Karl Marx, predicaba la necesidad de una destrucción total del viejo orden. Su famosa declaración, «La pasión por la destrucción es una pasión creadora», se convirtió en el lema no oficial del movimiento.

Para Bakunin y sus seguidores, el acto violento no era un fin en sí mismo, sino un catalizador. Era el fósforo que encendería la pradera.

La anatomía de la propaganda por el hecho

La estrategia de la «propaganda por el hecho» es una forma sofisticada de guerra psicológica con cuatro objetivos principales:

  1. Despertar a las masas (Insurreccionalismo): La teoría sostenía que el pueblo estaba oprimido pero pasivo, incapaz de imaginar una realidad diferente. Un acto audaz y violento contra el Estado o la clase dominante serviría como una «chispa», demostrando que la resistencia era posible y, con suerte, inspirando una revuelta espontánea.
  2. Desmitificar al Estado (Atacar el Símbolo): El Estado y la clase dominante mantienen su poder a través de un aura de invulnerabilidad. Al asesinar a un rey, un presidente o un industrial, el anarquista demuestra que los poderosos son mortales y que el Estado puede ser herido. Cada ataque exitoso es una grieta en la fachada de la autoridad.
  3. Provocar la represión: Esta es la parte más cínica y maquiavélica de la estrategia. Los anarquistas sabían que sus ataques provocarían una represión estatal brutal e indiscriminada. Esperaban que esta represión (arrestos masivos, suspensión de libertades) revelara la «verdadera cara» tiránica del Estado a la población en general, radicalizando a los moderados y atrayéndolos a la causa revolucionaria.
  4. El acto como manifiesto: El propio acto violento es el mensaje. Una bomba en la bolsa de valores no es un acto de terrorismo ciego; es una declaración contra el capitalismo. El asesinato de un monarca es un referéndum sobre la monarquía. El objetivo elegido y el método utilizado comunican la ideología de forma mucho más directa y visceral que cualquier texto.

Las sociedades secretas en acción: el evangelio de la dinamita

Armados con esta filosofía, pequeños grupos y células anarquistas secretas comenzaron a ponerla en práctica en toda Europa y América.

Narodnaya Volya («La Voluntad del Pueblo») en Rusia

Quizás el ejemplo más exitoso y organizado fue el de Narodnaya Volya. Esta sociedad secreta rusa, altamente disciplinada y compartimentada, se dedicó a una campaña de terror contra el régimen zarista. Después de múltiples intentos fallidos, el 13 de marzo de 1881, lograron su objetivo: asesinaron al Zar Alejandro II en San Petersburgo con una bomba. El acto conmocionó al mundo y demostró que incluso el autócrata más poderoso de Europa era vulnerable. Sin embargo, su efecto fue el contrario al deseado: en lugar de una revuelta, provocó una ola de represión que aniquiló al movimiento y sentó las bases para un estado policial aún más duro.

La «Edad de Oro» del terror anarquista en Francia

En la década de 1890, Francia se convirtió en el epicentro de la propaganda por el hecho, con una serie de atentados llevados a cabo por individuos inspirados en la ideología.

  • Ravachol: En 1892, este anarquista llevó a cabo una serie de atentados con bomba contra las casas de los jueces y fiscales que habían procesado a otros anarquistas. Se convirtió en un mártir y un héroe popular para el movimiento.
  • Auguste Vaillant: En 1893, lanzó una bomba en la Cámara de Diputados de Francia, no para matar, sino para herir y «herir más profundamente que con heridas: herir a la burguesía moribunda en su tribuna».
  • Émile Henry: A diferencia de los anteriores, que atacaban símbolos del Estado, Henry llevó la táctica a su conclusión más aterradora. En 1894, lanzó una bomba en el Café Terminus, un lugar frecuentado por la burguesía parisina. Su justificación: «No hay burgueses inocentes». Atacó no al poder, sino a la clase social misma.

Estos actos, aunque llevados a cabo por individuos, fueron el resultado de una ideología compartida y difundida a través de una red de publicaciones y círculos secretos anarquistas.

El legado moderno: del terrorismo como espectáculo

El anarquismo como movimiento político organizado fracasó en gran medida en su objetivo de provocar una revolución mundial. La propaganda por el hecho, como estrategia, a menudo resultó contraproducente, alienando al público y justificando la misma represión estatal que pretendía combatir.

Sin embargo, su legado como táctica es innegable y profundamente influyente. La idea central —utilizar la violencia espectacular para comunicar un mensaje político y manipular la opinión pública— se ha convertido en la piedra angular del terrorismo moderno.

  • Grupos de izquierda radical: En los años 60 y 70, grupos como el Weather Underground en EE.UU. o la Facción del Ejército Rojo en Alemania adoptaron la «acción directa» y los atentados con bomba como una forma de «propaganda armada».
  • Terrorismo yihadista: Organizaciones como Al-Qaeda llevaron la idea del «espectáculo del terror» a una escala global con los ataques del 11-S. El objetivo no era solo matar, sino crear una imagen tan impactante y simbólica que dominara los medios de comunicación del mundo durante semanas, transmitiendo su mensaje de desafío a Occidente.
  • Lobos solitarios modernos: Los tiradores solitarios de extrema derecha o los extremistas de cualquier ideología que transmiten sus ataques en vivo por internet son la encarnación moderna y digital de la propaganda por el hecho. El acto y su difusión son inseparables.

En conclusión, la propaganda por el hecho es una de las ideas más peligrosas jamás concebidas. Es la filosofía que justifica el asesinato en nombre de un futuro utópico. Nació del idealismo desesperado de las sociedades secretas anarquistas del siglo XIX, que creían que una sacudida violenta podía despertar a la humanidad.

Fracasaron en su revolución, pero tuvieron éxito en desatar un demonio. Nos enseñaron que el terrorismo no es solo violencia, es una forma de comunicación. Es un teatro sangriento representado en el escenario mundial. Y aunque los actores y los guiones han cambiado, el principio fundamental de que «los hechos crean las ideas» sigue resonando en cada acto de violencia política que vemos en nuestros titulares hoy.