Las profecías de San Malaquías y el enigma del último Papa: una perspectiva crítica

Introducción: desvelando un antiguo enigma

Desde hace siglos, el vasto tapiz de la historia de la Iglesia Católica ha estado entrelazado con narrativas que trascienden lo puramente doctrinal para adentrarse en el terreno de lo místico y lo profético. Pocas de estas narrativas han capturado tanto la imaginación colectiva, generando un debate tan persistente y, a veces, tan polarizado, como las atribuidas a San Malaquías. Estas profecías, una serie enigmática de lemas latinos que supuestamente describen a cada uno de los papas desde el siglo XII hasta el fin de los tiempos, culminan en la figura de un «Petrus Romanus», el último pontífice antes de una gran tribulación.

En un mundo cada vez más secularizado, pero paradójicamente más sediento de sentido y de respuestas a las grandes preguntas existenciales, el estudio de tales profecías no es solo un ejercicio de curiosidad histórica o teológica. Es una oportunidad para explorar cómo la humanidad ha interpretado y sigue interpretando su destino, y cómo estas interpretaciones pueden influir en la percepción de los eventos actuales y futuros. Este análisis se propone desentrañar las capas de misterio que envuelven las profecías de San Malaquías, examinando su origen, su contenido, las interpretaciones que han suscitado y, fundamentalmente, la profunda controversia en torno a su autenticidad. Abordaremos la figura del último Papa no como una certeza inmutable, sino como un concepto que invita a la reflexión crítica sobre la fe, la historia y el inescrutable futuro.

San Malaquías: el hombre detrás de la leyenda

La vida de un arzobispo reformador

Para comprender la magnitud de las profecías atribuidas a San Malaquías, primero debemos conocer al hombre. Nacido como Máel Máedóc Ua Morgair en Armagh, Irlanda, alrededor del año 1094, Malaquías emergió en una época de profunda necesidad de reforma dentro de la Iglesia irlandesa. Su formación estuvo marcada por un fuerte ascetismo y una devoción inquebrantable, lo que lo llevó a ordenarse sacerdote en 1119.

Su ascenso dentro de la jerarquía eclesiástica fue notable. Tras servir como abad de Bangor y obispo de Connor, fue nombrado arzobispo de Armagh en 1132. Desde esta posición, Malaquías se dedicó incansablemente a la reforma, buscando erradicar abusos, restaurar la disciplina monástica y alinear las prácticas de la Iglesia irlandesa con las de Roma. Su labor fue tan significativa que llegó a ser un consejero cercano del Papa Inocencio II y, más tarde, una figura influyente para San Bernardo de Claraval, quien eventualmente escribiría su biografía, la Vita Sancti Malachiae. Malaquías falleció en 1148 en Clairvaux, Francia, en brazos de San Bernardo, y fue canonizado en 1190 por el Papa Clemente III.

Sin embargo, a pesar de su destacada vida como reformador y santo, no hay ninguna mención de profecías papales en la biografía de San Bernardo, ni en ningún otro documento de la época de Malaquías. Este silencio histórico es una de las primeras y más contundentes objeciones a la autenticidad de las profecías que se le atribuyen.

El nacimiento de una leyenda: las profecías papales

El «Lignum Vitae» y la aparición de los lemas

Las supuestas profecías de San Malaquías no vieron la luz pública hasta mucho tiempo después de su muerte. Su primera aparición documentada data de 1595, cuando fueron publicadas en la obra Lignum Vitae (El Árbol de la Vida) por el monje benedictino Arnold de Wyon. Según Wyon, el documento original que contenía los lemas había sido descubierto en los archivos vaticanos, aunque nunca se ha presentado una prueba fehaciente de este hallazgo ni la existencia de dicho manuscrito original.

La colección consta de 112 breves lemas latinos, cada uno asociado a un papa específico, comenzando con Celestino II (1143-1144) y concluyendo con el enigmático «Petrus Romanus». Estos lemas son increíblemente concisos, a menudo de dos o tres palabras, y su supuesta capacidad para describir a cada pontífice ha sido objeto de intensa fascinación y debate.

La estructura y el simbolismo de los lemas

La mecánica de las profecías es sencilla en su presentación pero compleja en su interpretación. Cada lema, como «Ex castro Tiberis» (Del castillo del Tíber) o «De labore Solis» (Del trabajo del Sol), se supone que alude a algún aspecto de la vida del papa correspondiente: su lugar de origen, su escudo de armas, su nombre, su carrera previa o algún evento significativo de su pontificado. Por ejemplo, «Ex castro Tiberis» se ha asociado a Celestino II, nacido en Città di Castello (Castillo de la Ciudad) en la región del Tíber.

La dificultad radica en que estas asociaciones a menudo requieren de un ejercicio de exégesis simbólica o, en algunos casos, de una creatividad interpretativa considerable. Mientras que algunos lemas parecen encajar de manera sorprendentemente precisa con ciertos papas históricos (especialmente los anteriores a 1595), otros demandan una gimnasia mental para encontrar una conexión plausible. Esta inconsistencia es, precisamente, el punto clave para entender el escepticismo histórico.

El dilema de la autenticidad: entre la fe y la razón

La evidencia en contra de una autoría antigua

El argumento más contundente contra la autenticidad de las profecías de San Malaquías como obra del siglo XII es la marcada diferencia en la precisión de los lemas antes y después de su publicación en 1595. Los lemas asociados a los papas anteriores a Inocencio IX (1591) son notablemente exactos, casi como si hubieran sido escritos a posteriori, es decir, después de que los eventos hubieran ocurrido. Por el contrario, los lemas para los papas posteriores a 1595 se vuelven significativamente más ambiguos y genéricos, permitiendo múltiples interpretaciones.

Este patrón ha llevado a la mayoría de los historiadores y teólogos a concluir que las profecías fueron una falsificación elaborada en el siglo XVI. La teoría más aceptada sugiere que fueron creadas, o al menos «descubiertas» y publicadas, en un momento de intensas luchas políticas y religiosas dentro de la Iglesia, posiblemente para influir en las decisiones de un cónclave papal. El historiador y jesuita Claude-François Menestrier, ya en el siglo XVII, argumentó convincentemente esta tesis.

La persistencia de la creencia popular

A pesar del consenso académico y teológico que descarta su autenticidad como obra de San Malaquías, las profecías han mantenido una asombrosa popularidad. ¿Por qué? La capacidad de las profecías para resonar con eventos históricos, incluso si las conexiones son forzadas, y la inherente fascinación humana por el destino y el fin de los tiempos, contribuyen a su duradera atracción. Además, la naturaleza enigmática de los lemas permite a cada generación proyectar sus propias ansiedades y esperanzas sobre ellos, encontrando siempre alguna correspondencia que parezca confirmar su veracidad.

Para muchos creyentes, la coincidencia, por remota que sea, de algunos lemas con eventos papales es suficiente para alimentar la fe en su origen divino o sobrenatural. La figura del Papa, como vicario de Cristo, ocupa un lugar central en la escatología cristiana, y cualquier predicción sobre su sucesión o el fin de su línea ejerce una poderosa atracción.

Los últimos lemas: del «Gloria Olivae» a «Petrus Romanus»

La lista de San Malaquías se vuelve especialmente relevante en los tiempos modernos, ya que nos encontramos en los umbrales de los últimos lemas proféticos. Las interpretaciones modernas se centran intensamente en los papas más recientes.

«De gloria olivae»: Benedicto XVI

El lema número 111 de la lista, antes del último, es «De gloria olivae» (De la gloria del olivo). Este lema ha sido ampliamente asociado al Papa Benedicto XVI, cuyo nombre de nacimiento era Joseph Ratzinger. La conexión se establece de varias maneras. Una de las más populares es que la Orden Benedictina, a la que Ratzinger no pertenecía directamente pero cuyo nombre eligió para su pontificado, tiene la rama de los Olivetanos, cuyo símbolo es el olivo. Además, San Benito, padre de los Benedictinos, estableció su orden en Monte Cassino, una montaña rica en olivos.

La renuncia de Benedicto XVI en 2013 fue un evento de gran trascendencia y una rareza histórica en la era moderna. Su pontificado, marcado por una profunda erudición teológica y un fuerte compromiso con la tradición, fue visto por muchos como un período de «gloria» para la Iglesia, pero también de preparación para tiempos futuros, como una rama de olivo que anuncia un nuevo comienzo o una paz inminente, o quizás el final de una era.

«In persecutione extrema S.R.E. sedebit Petrus Romanus»: El último Papa

Tras «De gloria olivae» viene el lema final y más impactante: «In persecutione extrema S.R.E. sedebit Petrus Romanus, qui pascet oves in multis tribulationibus: quibus transactis civitas septicollis diruetur, et Iudex tremendus iudicabit populum suum. Finis.»

Que se traduce como: «En la persecución final de la Santa Iglesia Romana, se sentará Pedro el Romano, quien apacentará a sus ovejas en muchas tribulaciones: después de lo cual la ciudad de las siete colinas (Roma) será destruida, y el Juez tremendo juzgará a su pueblo. Fin.»

Este lema final es el que ha generado más especulación, temor y debate. Indica claramente que Pedro el Romano no es solo un papa, sino el último, cuya ascensión coincidirá con una persecución extrema de la Iglesia y la destrucción de Roma antes del Juicio Final.

El Papa Francisco en el contexto de «Petrus Romanus»

El Papa Francisco, cuyo nombre de nacimiento es Jorge Mario Bergoglio, es el 112.º pontífice en la lista si se cuenta a Benedicto XVI como el 111.º. Esto lo colocaría en la posición de «Petrus Romanus» si la lista se toma al pie de la letra y el lema de Benedicto XVI fue el penúltimo. Este hecho ha provocado un renovado interés en las profecías y ha alimentado muchas discusiones sobre el significado de su pontificado.

Curiosamente, el nombre de nacimiento de Francisco, Bergoglio, tiene raíces italianas (romanas) y su elección de nombre papal, Francisco, lo conecta con San Francisco de Asís, figura de gran humildad y un «hombre de la paz» en tiempos de tribulación. También hay quienes señalan que la elección de un papa jesuita, orden fundada por San Ignacio de Loyola, cuyo nombre secular era Pedro, podría ser una conexión. Otros consideran que su énfasis en la pobreza, la misericordia y la reforma de la Curia Romana podría interpretarse como una «persecución» interna o un tiempo de prueba para la Iglesia. Sin embargo, todas estas son interpretaciones y no hechos.

Es crucial recordar que la Iglesia Católica no otorga valor dogmático a las profecías privadas, incluyendo las de San Malaquías. No forman parte del depósito de la fe y no obligan a los católicos a creer en ellas.

Perspectivas teológicas y escatológicas

La visión de la Iglesia sobre las profecías privadas

La Iglesia Católica mantiene una postura de prudencia y discernimiento frente a las profecías privadas. Mientras que la Revelación Pública, contenida en las Escrituras y la Tradición, es obligatoria para la fe, las revelaciones privadas (como las apariciones marianas o las profecías místicas) no lo son. El Catecismo de la Iglesia Católica (núm. 67) establece que, aunque pueden «ayudar a vivir más plenamente la fe en una cierta época», no pueden corregir ni completar la Revelación definitiva de Cristo.

En el caso de las profecías de San Malaquías, la falta de autenticidad histórica como obra del siglo XII y la ambigüedad de sus lemas hacen que la Iglesia no las haya reconocido como profecías genuinas. Esto significa que, desde una perspectiva eclesiástica oficial, no tienen autoridad para predecir el fin de los papas o la llegada del Juicio Final.

La escatología cristiana y el fin de los tiempos

La preocupación por el «fin» no es ajena al cristianismo; la escatología es una rama fundamental de la teología que estudia las últimas cosas: la muerte, el juicio, el cielo y el infierno, y la Segunda Venida de Cristo. Sin embargo, la tradición cristiana siempre ha enfatizado la imprevisibilidad del momento del fin. Jesús mismo afirmó que «de aquel día y hora nadie sabe, ni siquiera los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre» (Mateo 24:36).

Por lo tanto, la fijación en fechas o en la identidad del «último papa» puede desviar la atención de lo que la escatología cristiana realmente enfatiza: la necesidad de vivir en constante vigilancia espiritual, de prepararse para el encuentro con Dios en cualquier momento, y de trabajar por el Reino de Dios aquí y ahora. Las profecías, en este contexto, deben ser vistas como una invitación a la reflexión y no como un calendario inmutable.

El impacto cultural y la necesidad de discernimiento

Las profecías de San Malaquías, a pesar de su dudosa autenticidad, han dejado una huella indeleble en la cultura popular. Han inspirado libros, películas y debates interminables en foros de internet y medios de comunicación. Esta persistencia subraya una verdad fundamental sobre la psique humana: nuestra constante búsqueda de patrones, de significado en el caos y de una hoja de ruta para el futuro.

Sin embargo, este impacto cultural también conlleva riesgos. La credulidad excesiva en profecías no verificadas puede generar ansiedad innecesaria, fomentar el fanatismo o desviar a los creyentes de la esencia de su fe. En un mundo saturado de información y desinformación, el discernimiento se convierte en una virtud cardinal.

Es esencial abordar estas profecías con una mentalidad crítica, informada y equilibrada. Reconocer su valor como artefacto cultural e histórico, pero no como una guía infalible para el futuro. La verdadera sabiduría no reside en intentar predecir lo impredecible, sino en comprender cómo estas narrativas moldean nuestra percepción y cómo podemos responder a ellas de manera constructiva, fortaleciendo nuestra fe y nuestra capacidad de análisis, en lugar de sucumbir al alarmismo.

Conclusión: el enigma perdura, la fe prevalece

Las profecías de San Malaquías sobre el último Papa, «Petrus Romanus», constituyen uno de los misterios más fascinantes y duraderos en la historia de la Iglesia. Desde su aparición en el siglo XVI, han cautivado a creyentes y escépticos por igual, ofreciendo un vistazo tentador a un posible futuro, al tiempo que desafían la razón y la evidencia histórica.

Aunque la mayoría de los estudiosos coinciden en que estas profecías son un artefacto del siglo XVI, forjado por razones políticas más que por inspiración divina, su capacidad para resonar con eventos históricos y para evocar profundas preguntas sobre el destino de la humanidad y de la Iglesia es innegable. El debate sobre «Petrus Romanus» y la identidad del actual Papa Francisco en relación con el fin de la lista de Malaquías sirve como un recordatorio constante de la tensión entre el deseo humano de conocer el futuro y la admonición divina de vivir el presente con fe y esperanza.

En última instancia, el valor de estas profecías no radica en su capacidad para predecir eventos, sino en su poder para estimular la reflexión. Nos invitan a contemplar la naturaleza efímera de las instituciones terrenales, la resiliencia de la fe y la importancia de la vigilancia espiritual. El enigma de San Malaquías perdura, no como una profecía ineludible, sino como un llamado a la sabiduría, al discernimiento y a una profunda confianza en la providencia divina, que guía a su Iglesia a través de todas las tribulaciones, hasta el fin de los tiempos, sin necesidad de calendarios preestablecidos.

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