El peso de la espera y la fragilidad del tiempo
Vivir con la maleta hecha, esperando que el mundo tal como lo conocemos se desmorone mañana mismo, no es una postura intelectual cómoda; es un estado existencial que ha definido a millones de personas a lo largo de más de un siglo. Los Testigos de Jehová no son simplemente una denominación religiosa más en el vasto catálogo del cristianismo periférico. Son, ante todo, una comunidad forjada en la urgencia del apocalipsis. Esta urgencia no es vaga ni meramente espiritual; ha tenido fechas, números exactos y cálculos matemáticos que, uno tras otro, han chocado contra la terca realidad de un sol que sigue saliendo cada mañana.
Para entender este fenómeno, hay que alejarse de la burla fácil y adentrarse en la psique del creyente que ve en la historia un código secreto esperando ser descifrado. La historia de la organización Watch Tower es la historia de una obsesión por el calendario. No se trata solo de fe, sino de una aritmética sagrada que intenta domesticar el caos del futuro. Sin embargo, cuando las fechas pasan y el Armagedón no llega, lo que queda es un rastro de vidas alteradas, decisiones drásticas y una reescritura constante de la doctrina que roza lo detectivesco. En este artículo, vamos a desmenuzar las entrañas de esos cálculos, el impacto de los fracasos y la asombrosa capacidad de una estructura institucional para sobrevivir a sus propios errores de cálculo.
Raíces en el gran chasco y la herencia de Miller
Nada surge de la nada. Los Testigos de Jehová son hijos directos del Segundo Gran Despertar en Estados Unidos, un periodo de efervescencia religiosa donde cualquier granjero con una Biblia y una regla de cálculo se sentía capaz de predecir el regreso de Cristo. El nombre clave aquí es William Miller. Miller, un bautista que se obsesionó con las profecías de Daniel, llegó a la conclusión de que Jesucristo regresaría en 1844. Miles de personas vendieron sus tierras, abandonaron sus cosechas y se vistieron de blanco para ascender al cielo. Lo que ocurrió se conoce en los libros de historia como el Gran Chasco.
Aquel 22 de octubre de 1844, cuando el cielo permaneció en silencio, el millerismo se fracturó en mil pedazos. De esos restos surgieron los Adventistas del Séptimo Día y, un poco más tarde, el germen de lo que hoy conocemos como Testigos de Jehová. Charles Taze Russell, el fundador de los Estudiantes de la Biblia (el nombre original del grupo), bebió directamente de estas fuentes. Russell no era un teólogo de carrera; era un hombre de negocios con una mente analítica que aplicó la lógica empresarial a la interpretación bíblica. Para él, la Biblia era un manual de instrucciones con cronologías ocultas. Russell no solo miraba los textos; miraba los monumentos. Fue esta mezcla de adventismo y una curiosidad casi esotérica lo que sentó las bases de un sistema de creencias donde el tiempo lo es todo.
Charles Taze Russell y la egiptología sagrada
Es difícil de creer hoy, dada la postura actual de la organización contra cualquier cosa que huela a ocultismo, pero en sus inicios, la Gran Pirámide de Giza era considerada el ‘Testigo de Piedra’ de Dios. Russell estaba convencido de que las dimensiones de los pasadizos internos de la pirámide eran una representación física de la cronología bíblica. Cada ‘pulgada piramidal’ equivalía a un año de la historia humana. Si uno medía el corredor descendente y el ascendente, podía encontrar la fecha exacta del inicio de la tribulación.
Esta fascinación por la piramidología no era un detalle menor; ocupaba volúmenes enteros de su serie ‘Estudios de las Escrituras’. Russell utilizó estas mediciones para validar sus cálculos sobre 1874 (el año en que creía que la presencia invisible de Cristo había comenzado) y, más crucialmente, sobre 1914. Según él, 1914 marcaría el fin del tiempo de los gentiles y el colapso total de los reinos de este mundo. Lo curioso es que, cuando las fechas se acercaban y no pasaba nada, las medidas de la pirámide en sus libros a veces ‘cambiaban’ ligeramente en las nuevas ediciones para ajustarse a la realidad. Este es el primer indicio de una técnica que la organización perfeccionaría con las décadas: la retro-profecía o el ajuste fino del pasado para salvar el presente.
1914 y la pirámide de Giza como testigo pétreo
Llegó 1914 y, contra todo pronóstico para un profeta, ocurrió algo masivo: la Primera Guerra Mundial. Para Russell y sus seguidores, esto fue una validación parcial. No era el fin absoluto del mundo, pero era el ‘principio del fin’. Sin embargo, los cálculos originales de Russell predecían que en 1914 las instituciones terrenales desaparecerían por completo. Cuando la guerra terminó en 1918 y los gobiernos seguían en pie, la organización tuvo que enfrentarse a su primera gran crisis de identidad post-fundador. Russell murió en 1916, en un tren, dejando un vacío de poder y un calendario que no se había cumplido según lo previsto.
Joseph Franklin Rutherford, el segundo presidente, fue quien tomó el mando con mano de hierro y decidió limpiar la casa. Eliminó la piramidología, calificándola años después de ‘filosofía del diablo’, y centró toda la atención en la autoridad de la organización. Pero no abandonó el juego de las fechas. Al contrario, lo elevó. Bajo su mandato, la interpretación de 1914 cambió. Ya no era el fin del mundo físico, sino el momento en que Jesús fue entronizado en los cielos de manera invisible. Esta jugada maestra permitió que la profecía siguiera viva: el evento ocurrió, solo que nadie pudo verlo. Esta ‘invisibilidad’ de los hitos proféticos se convertiría en el escudo definitivo contra el escrutinio empírico.
La era de Rutherford y el fiasco de 1925
Rutherford era un hombre de frases lapidarias. Su eslogan más famoso fue ‘Millones que ahora viven no morirán jamás’. Con esta premisa, lanzó una campaña mundial asegurando que en 1925 ocurriría la resurrección de los antiguos patriarcas, como Abraham, Isaac y Jacob. La seguridad era tal que la organización construyó una mansión en San Diego, California, llamada Beth Sarim (Casa de los Príncipes), destinada a alojar a estos personajes bíblicos cuando regresaran.
Rutherford incluso se mudó allí, esperando a los profetas en el clima agradable de la costa oeste. Cuando 1925 pasó y Abraham no apareció por la puerta, el desánimo cundió en las filas. Muchos abandonaron el movimiento, sintiéndose estafados. Rutherford, a diferencia de Russell, no fue muy diplomático con el error. En privado admitió que se había portado como un asno, pero públicamente la culpa se trasladó sutilmente a los fieles por tener ‘expectativas demasiado altas’. Beth Sarim terminó siendo vendida años después, convirtiéndose en un recordatorio silencioso de una profecía que nunca aterrizó. Este episodio marcó un antes y un después: la organización aprendió que las fechas específicas eran peligrosas, pero la urgencia seguía siendo necesaria para mantener el crecimiento.
1975: El año en que el reloj se detuvo
Si hay una fecha que todavía escuece en la memoria colectiva de los Testigos de Jehová, es 1975. A diferencia de 1925, esta profecía se cocinó a fuego lento durante casi una década. La lógica era la siguiente: según su cronología, el hombre fue creado en 4026 a.C. Seis mil años de historia humana terminarían en el otoño de 1975. Siguiendo la analogía de la semana creativa de Dios, el séptimo milenio debía ser el ‘sábado’ o descanso, es decir, el Reino Milenario de Cristo.
El entusiasmo fue frenético. Las publicaciones de la Watch Tower, como la revista ‘¡Despertad!’, incluían artículos que preguntaban ‘¿Por qué espera usted con interés a 1975?’. Aunque la cúpula mantenía una ambigüedad calculada en sus escritos más oficiales, los discursos en las asambleas eran claros: se instaba a los jóvenes a no ir a la universidad, a las parejas a no tener hijos y a los fieles a vender sus propiedades para dedicar el poco tiempo que quedaba a la predicación. ‘Manténganse vivos hasta el 75’ era el mantra. Cuando llegó el 1 de enero de 1976 y el sistema de cosas seguía intacto, el golpe fue devastador. La deserción fue masiva. Lo que siguió fue una década de estancamiento y una de las maniobras de control de daños más agresivas de la historia religiosa moderna, donde nuevamente se sugirió que los fieles habían interpretado mal las ‘sugerencias’ de la organización.
La mecánica del control y la disonancia cognitiva
¿Cómo sobrevive una persona después de vender su casa esperando un fin que no llega? Aquí entra en juego la psicología de la disonancia cognitiva, estudiada por Leon Festinger. Cuando una profecía falla, el grupo no suele admitir el error y disolverse; en lugar de eso, a menudo se vuelven más fervientes. La necesidad de justificar el sacrificio previo los empuja a aceptar cualquier nueva explicación, por enrevesada que sea, para evitar la humillación de admitir que fueron engañados.
La organización ha perfeccionado este mecanismo mediante el aislamiento social. Si un Testigo cuestiona abiertamente los errores cronológicos, se enfrenta a la ‘expulsión’, lo que significa que nadie en su círculo social (incluyendo familia directa) puede hablarle o saludarle. Este castigo actúa como un muro de contención. El miedo a perderlo todo obliga a la mente a realizar saltos mortales lógicos. Las profecías fallidas no se ven como errores, sino como ‘luz nueva’. La metáfora de Proverbios 4:18 (‘La senda de los justos es como la luz brillante que va aumentando en esplendor’) se usa para explicar que Dios revela la verdad poco a poco, lo cual es una forma elegante de decir que lo que dijeron ayer era incorrecto, pero lo de hoy sí es la verdad… hasta que deje de serlo.
El rompecabezas de las generaciones traslapadas
El mayor problema teológico actual para los Testigos es el tiempo. Jesús dijo en Mateo 24:34 que ‘no pasará esta generación’ antes de que todas las cosas ocurran. Durante décadas, se enseñó que la generación que vio los eventos de 1914 no moriría antes del Armagedón. Sin embargo, los años pasaron y los que tenían uso de razón en 1914 fueron muriendo uno a uno. A finales de los años 90, la ‘generación de 1914’ estaba prácticamente extinguida.
Ante la evidencia biológica, la organización introdujo en 2010 la doctrina de las ‘generaciones traslapadas’. Según esta nueva explicación, la ‘generación’ no es un grupo de personas que viven al mismo tiempo, sino dos grupos de ungidos cuyas vidas se cruzan. Si un joven fue ungido mientras un anciano que vivió en 1914 todavía estaba vivo, ambos forman parte de la misma generación. Es un estiramiento conceptual del lenguaje que permite ganar otros 40 o 50 años de margen. Para el observador externo, parece un absurdo semántico; para el fiel, es un salvavidas que permite mantener viva la esperanza de que el fin está ‘a la vuelta de la esquina’. Es la forma definitiva de que el reloj siga funcionando sin tener que marcar una hora concreta.
El impacto humano: Vidas suspendidas en la espera
Más allá de los dogmas, está el coste humano. Generaciones de Testigos de Jehová han vivido una vida de ‘interinato’. No se fomenta la planificación a largo plazo. ¿Para qué ahorrar para la jubilación si el nuevo mundo llegará antes? ¿Para qué estudiar una carrera compleja si el sistema va a colapsar? Este enfoque ha dejado a miles de personas mayores en la precariedad económica y a jóvenes con talentos desperdiciados en trabajos precarios para poder dedicar más horas al proselitismo.
Además, está el trauma de las fechas límite. Cada vez que hay una crisis global —una pandemia, una guerra en Europa, una crisis económica—, el nivel de ansiedad en la comunidad se dispara. Se vive en un estado de hipervigilancia interpretativa. Cualquier noticia es analizada como una pieza del rompecabezas de Daniel o el Apocalipsis. Esta tensión constante tiene efectos profundos en la salud mental, creando una dependencia emocional hacia la organización, que se presenta como el único refugio seguro en un mundo condenado. El misterio del cálculo del fin del mundo no es solo un enigma matemático; es un motor de control que utiliza la incertidumbre del futuro para asegurar la obediencia en el presente.
La evolución del mensaje en la era digital
Con la llegada de internet, el secreto y la reescritura de la historia se han vuelto tareas difíciles. Antiguamente, si la organización quería cambiar una doctrina, bastaba con que las nuevas revistas sustituyeran a las viejas en las estanterías de los Salones del Reino. Hoy, los antiguos ejemplares que hablaban de 1975 o de la piramidología de Russell están a un clic de distancia. Esto ha obligado a la organización a volverse más audiovisual y emocional, centrando su sitio web oficial, JW.org, en videos de alta calidad y contenido simplificado, alejándose de los densos debates cronológicos del pasado.
Sin embargo, el núcleo permanece. Aunque ya no se atreven a dar un año exacto, el lenguaje sigue siendo de inmediatez. Se habla de ‘los últimos de los últimos días’. Han pasado de ser una religión de fechas a ser una religión de ‘sentimiento de urgencia’. El misterio del cálculo se ha desplazado de los números a las ‘señales de los tiempos’. Pero la estructura es la misma: la convicción de que ellos poseen una información privilegiada sobre el destino del planeta. El fin del mundo es su producto estrella, y aunque la fecha de entrega se haya pospuesto repetidamente, el marketing del apocalipsis sigue siendo increíblemente efectivo para mantener a una masa crítica de seguidores unidos bajo una misma bandera.
Reflexiones sobre un horizonte que nunca llega
Al final del día, la historia de las profecías fallidas de los Testigos de Jehová nos habla más de la condición humana que de la divinidad. Tenemos una necesidad intrínseca de orden, de creer que el caos de la historia tiene un propósito y un final escrito. Los cálculos matemáticos sobre el Armagedón son un intento de imponer lógica al infinito. Para los líderes de la Watch Tower, las fechas han sido herramientas de cohesión y movilización; para los seguidores, han sido faros de esperanza que a veces terminaron siendo espejismos.
Es probable que el grupo siga mutando. Cuando la doctrina de las generaciones traslapadas también caduque por el simple paso del tiempo, surgirá una ‘luz nueva’ que explicará el siguiente retraso. Porque el sistema no está diseñado para el cumplimiento de la profecía, sino para la espera de la misma. En esa espera reside su poder. Mientras el horizonte se mantenga justo fuera de nuestro alcance, el camino hacia él puede ser controlado. La sabiduría oculta que prometen no está en los números, sino en la capacidad de mantener a millones de personas mirando hacia el cielo mientras la vida, con toda su belleza e imperfección, sucede aquí abajo, en el presente que tanto se empeñan en ignorar.
Preguntas frecuentes sobre las profecías y los Testigos de Jehová
¿Por qué los Testigos de Jehová creen que 1914 es una fecha clave?
Su creencia se basa en una interpretación del capítulo 4 de Daniel. Calculan los ‘siete tiempos’ de la locura del rey Nabucodonosor como un periodo de 2.520 años que comenzó con la supuesta destrucción de Jerusalén en 607 a.C. y terminó en 1914. Según ellos, en ese año Jesús comenzó a reinar de forma invisible en el cielo.
¿Qué sucedió realmente en 1975 con la organización?
La organización sugirió fuertemente que 1975 marcaría el fin de 6.000 años de historia humana y el inicio del milenio. Aunque no lo dijeron de forma dogmática, el entusiasmo provocado por sus publicaciones llevó a muchos fieles a vender sus bienes. Al fallar la profecía, la organización culpó a los miembros por interpretar mal sus palabras, lo que causó una gran crisis interna.
¿Siguen usando la pirámide de Giza para sus cálculos?
No. Aunque el fundador Charles Taze Russell la usó extensamente y la llamó ‘el testigo de piedra de Dios’, el segundo presidente, Joseph Rutherford, descartó por completo esta práctica a finales de la década de 1920, calificándola de herética y satánica. Hoy en día, la mayoría de los Testigos desconocen este pasado esotérico de su organización.
¿Qué es la doctrina de las generaciones traslapadas?
Es la explicación actual para justificar por qué el fin no llegó antes de que muriera la generación de 1914. Sostiene que la ‘generación’ mencionada por Jesús incluye a dos grupos de ungidos cuyas vidas se cruzan en el tiempo. Esto permite extender el plazo del fin del mundo varias décadas más allá de lo que originalmente se enseñaba.
