Le invito a explorar una de las leyendas más universales y persistentes de la humanidad: la historia de una era en la que los gigantes caminaban sobre la Tierra. Desde los Nephilim de la Biblia y los Titanes de la mitología griega hasta los Fomorianos de Irlanda y los Si-Te-Cah de los nativos americanos, casi todas las culturas antiguas tienen relatos de una raza de seres de una estatura y una fuerza prodigiosas.
Para la ciencia y la historia convencionales, estas son solo fábulas, cuentos para dormir para explicar formaciones rocosas extrañas o huesos de dinosaurios. Pero, ¿y si no fueran mitos? ¿Y si fueran recuerdos históricos? ¿Y si la evidencia física de esta raza de gigantes —sus huesos, sus cráneos, sus artefactos— hubiera sido descubierta una y otra vez, solo para ser sistemáticamente confiscada, ocultada y borrada de la historia por una institución que tiene el monopolio de nuestro pasado?
Esta es la explosiva teoría de la conspiración que rodea al Instituto Smithsonian y la supresión de la evidencia de esqueletos gigantes en América del Norte. Hoy, vamos a examinar los textos antiguos, los sorprendentes informes de periódicos del siglo XIX y principios del XX, y las acusaciones de que la principal institución arqueológica de Estados Unidos ha estado involucrada en el mayor encubrimiento de la historia de la ciencia.
La evidencia textual: los Nephilim y los «hijos de Dios»
La fuente más famosa de la leyenda de los gigantes es el Antiguo Testamento. El Génesis 6:4 declara inequívocamente:
«Y había gigantes [Nephilim] en la Tierra en aquellos días, y también después, cuando los hijos de Dios se llegaron a las hijas de los hombres y ellas les dieron hijos. Estos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre.»
Textos apócrifos como el Libro de Enoc amplían esta historia. Describen a un grupo de ángeles rebeldes, los «Vigilantes», que descendieron a la Tierra, tomaron esposas humanas y engendraron una raza de gigantes híbridos, los Nephilim. Estos gigantes eran violentos y corruptos, y su existencia fue una de las principales razones del Gran Diluvio.
Para los teóricos de los antiguos astronautas, esta no es una historia de ángeles y demonios, sino de genética. Los «hijos de Dios» eran visitantes extraterrestres (posiblemente los Anunnaki), y los Nephilim fueron el resultado de un programa de hibridación, una primera versión de la humanidad que era físicamente superior.
La evidencia olvidada: los informes de periódicos
La creencia en una antigua raza de gigantes en América no es una invención moderna. Era un hecho comúnmente aceptado en el siglo XIX, basado en descubrimientos constantes. Antes de que la arqueología se convirtiera en una disciplina académica centralizada, los descubrimientos eran a menudo reportados en los periódicos locales por los propios ciudadanos, agricultores y anticuarios que los encontraban.
Una búsqueda en los archivos de periódicos de finales del siglo XIX y principios del XX revela cientos de artículos de todo Estados Unidos que describen el descubrimiento de esqueletos de gran tamaño.
- Patrones consistentes: Los informes son asombrosamente similares. Se descubren esqueletos en antiguos túmulos funerarios o cuevas. Miden entre 2.1 y 3.6 metros de altura. A menudo tienen características anatómicas extrañas, como mandíbulas dobles, filas de dientes adicionales o cráneos alargados. A veces se encuentran con armaduras de cobre y artefactos sofisticados.
- Ejemplos documentados:
- The New York Times, 4 de mayo de 1912: Un informe detalla el descubrimiento de 18 esqueletos gigantes en un túmulo cerca de Lake Delavan, Wisconsin, por los hermanos Peterson. Los cráneos eran alargados y se describían como pertenecientes a una «raza desconocida».
- San Diego Union, 5 de agosto de 1947: Un artículo describe el descubrimiento de esqueletos de gigantes de 2.4 metros en el desierto de Arizona.
- The World, 9 de octubre de 1895: Un informe de un esqueleto de 3.7 metros encontrado por mineros en San Diego.
La lista es interminable. Estos no eran informes de tabloides sensacionalistas, sino noticias locales tratadas como hechos. Entonces, ¿dónde está toda esta evidencia hoy?
La conspiración del Smithsonian: el gran encubrimiento
Aquí es donde la historia da un giro oscuro. En casi todos estos informes de periódicos, la historia termina de la misma manera: «Se ha notificado al Instituto Smithsonian, y los agentes están en camino para investigar y recoger los restos». Y después de eso, el silencio. Los huesos desaparecen, para no ser vistos nunca más.
La acusación, presentada por investigadores como Richard J. Dewhurst en su libro «The Ancient Giants Who Ruled America», es que el Instituto Smithsonian, bajo la dirección de figuras como John Wesley Powell y Ales Hrdlicka, llevó a cabo una política sistemática para suprimir esta evidencia.
El motivo: proteger el darwinismo y el «aislacionismo»
¿Por qué harían esto? La teoría propone dos motivos principales:
- Proteger la teoría de la evolución de Darwin: A finales del siglo XIX, el darwinismo era una teoría nueva y frágil. La existencia de una raza de gigantes humanos no encajaba en el modelo simple de evolución lineal desde un ancestro simiesco. Era una anomalía que podía desacreditar toda la teoría.
- Proteger la doctrina del «aislacionismo americano»: El Smithsonian promovió agresivamente la idea de que los nativos americanos habían llegado a América a través del Estrecho de Bering y se habían desarrollado en total aislamiento, sin contacto con otras culturas. La existencia de una raza de gigantes, posiblemente conectada con las leyendas europeas o asiáticas, o la presencia de artefactos que sugerían un comercio transoceánico, amenazaba esta doctrina fundamental.
El método: confiscar y destruir
Según los críticos, el Smithsonian actuó como una especie de «Hombres de Negro» de la arqueología. Sus agentes recorrían el país, confiscando los esqueletos anómalos de los museos locales y de los descubridores privados. La acusación más grave es que estos miles de esqueletos no están simplemente almacenados en un almacén secreto, sino que fueron destruidos sistemáticamente, a menudo arrojados al océano, para borrar permanentemente la evidencia de la historia.
En 2014, una noticia satírica de un sitio web llamado World News Daily Report afirmó que la Corte Suprema de EE.UU. había ordenado al Smithsonian que publicara los archivos clasificados sobre la destrucción de los esqueletos. Aunque la noticia era falsa, se volvió viral porque resonaba con una creencia profundamente arraigada y con décadas de investigación que sugerían que el encubrimiento era real.
Conclusión: la guerra por la historia de la humanidad
La historia de los gigantes de la antigüedad es un campo de batalla. Por un lado, tenemos la ciencia y la historia ortodoxas, que descartan todos los mitos como fantasía y todos los informes de esqueletos como exageraciones o engaños. Por otro, tenemos una tradición universal de leyendas, cientos de informes de periódicos olvidados y una persistente acusación de un encubrimiento masivo por parte de la institución más respetada de la ciencia estadounidense.
No podemos presentar un fémur de gigante en un museo como prueba definitiva, precisamente porque, si la teoría es cierta, la evidencia ha sido destruida. Pero la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia, especialmente cuando hay tantos testimonios de su descubrimiento y posterior desaparición.
La historia de los gigantes nos obliga a preguntarnos: ¿quién tiene derecho a escribir nuestra historia? ¿Es la historia un proceso de descubrimiento abierto, o es la imposición de una narrativa que sirve a los intereses de un paradigma científico o político?
Quizás los gigantes nunca existieron. O quizás, eran tan reales que hubo que borrarlos de la memoria, porque su existencia demostraba que la historia de la humanidad es mucho más extraña, más compleja y menos lineal de lo que se nos ha permitido creer.
