Smedley Butler: De héroe de guerra a crítico feroz del complejo industrial-militar.
El general que se atrevió a decir la verdad
Pocos nombres en la historia militar de los Estados Unidos resuenan con la dualidad de Smedley Darlington Butler. Por un lado, fue uno de los soldados más condecorados de su tiempo, poseedor de dos Medallas de Honor. Por otro, se convirtió en la voz más feroz y desilusionada contra el sistema que él mismo ayudó a expandir. Su obra, La guerra es un latrocinio (War is a Racket), no es solo un libro; es un manifiesto visceral nacido del barro de las trincheras y de la frialdad de las juntas directivas de Wall Street. Butler no teoriza desde una torre de marfil; habla desde la experiencia de quien fue el ‘músculo’ de los intereses corporativos en Centroamérica y Asia.
La anatomía de un negocio sangriento
La premisa central de Butler es tan simple como devastadora: la guerra no se libra por ideales, democracia o libertad, sino por beneficios. Según el autor, un ‘latrocinio’ es algo que no es lo que parece para la mayoría de la gente. Solo un pequeño grupo de ‘iniciados’ sabe de qué se trata realmente. Se lleva a cabo en beneficio de unos pocos y a expensas de la gran mayoría. En las páginas de este tratado, Butler desglosa cómo las corporaciones industriales ven en el conflicto bélico la oportunidad perfecta para multiplicar sus márgenes de ganancia mientras la juventud del país se desangra en tierras lejanas.
Butler utiliza datos financieros de la Primera Guerra Mundial para ilustrar su punto. Menciona cómo las empresas de pólvora, acero y suministros médicos vieron incrementos en sus beneficios de hasta el 800%. Mientras un soldado ganaba una miseria arriesgando su vida y su salud mental, los accionistas en Nueva York brindaban por cada nuevo contrato gubernamental. Esta desconexión entre el sacrificio humano y el beneficio económico es el eje que mueve la indignación del general.
El papel del soldado como sicario corporativo
Una de las confesiones más famosas de Butler, que expande en sus discursos y escritos de la época, es su autodefinición como un ‘gánster del capitalismo’. Relata con una franqueza que hoy resultaría impensable para cualquier alto mando, cómo su labor en México fue asegurar los intereses petroleros, o cómo en Haití y Cuba ayudó a que el National City Bank pudiera recaudar sus beneficios sin interferencias. Esta perspectiva transforma la historia oficial de las intervenciones militares en una crónica de cobro de deudas y protección de activos privados.
El autor argumenta que el patriotismo es la herramienta de marketing más eficaz del latrocinio. Se convence a la población de que existe un deber sagrado, se agitan banderas y se entonan himnos para ocultar la verdadera naturaleza de la expedición: abrir mercados o proteger inversiones. Butler describe este proceso con una amargura palpable, lamentando haber dedicado décadas de su vida a ser, en sus propias palabras, un ‘hombre de confianza’ para los grandes negocios.
¿Quién paga la factura del conflicto?
Butler divide los costos de la guerra en tres categorías: los financieros, los humanos inmediatos y los sociales a largo plazo. El costo financiero lo paga el contribuyente, quien se endeuda para financiar el armamento que las empresas venden al estado con sobreprecios garantizados. El costo humano lo pagan los soldados, no solo con sus vidas, sino con mentes destrozadas y cuerpos mutilados que el gobierno suele ignorar una vez que el conflicto termina. Butler fue un defensor incansable de los veteranos, participando incluso en las protestas del Bonus Army, donde vio cómo el mismo ejército que él lideró cargaba contra sus antiguos compañeros de armas.
El costo social es quizás el más insidioso. La guerra normaliza la violencia y centraliza el poder en manos de una élite militar y económica. Butler advierte que una nación que se prepara constantemente para la guerra terminará encontrándola, o inventándola, para justificar la existencia de su maquinaria industrial. La profecía de Butler sobre el complejo militar-industrial precedió por décadas al famoso discurso de despedida de Dwight D. Eisenhower, pero con un lenguaje mucho más directo y menos diplomático.
Propuestas para terminar con el latrocinio
Lejos de ser un simple quejoso, Butler propuso medidas radicales para detener este ciclo de lucro y muerte. Su primera propuesta fue la conscripción del capital. Argumentaba que antes de que se pudiera reclutar a un solo joven para ir al frente, el gobierno debería reclutar el capital de las industrias. Si los directores de las fábricas de armas, los banqueros y los políticos tuvieran que vivir con el mismo salario que un soldado raso durante la guerra, Butler aseguraba que los conflictos terminarían en treinta días.
Otra propuesta era el plebiscito nacional para la guerra. Butler sostenía que solo aquellos que estuvieran en edad de combatir deberían tener derecho a votar si el país entra en un conflicto armado. Si los que deciden la guerra son los mismos que van a morir en ella, la probabilidad de intervención disminuiría drásticamente. Finalmente, abogaba por una defensa estrictamente territorial, limitando el alcance de la marina y la aviación para que no pudieran alejarse de las costas nacionales, eliminando así la capacidad de proyectar poder imperialista bajo la excusa de la defensa.
El legado de un hombre incómodo
La vigencia de ‘La guerra es un latrocinio’ en el siglo XXI es aterradora. Observando las intervenciones modernas y el presupuesto de defensa global, las palabras de Butler parecen escritas ayer. El libro sigue siendo un texto fundamental para entender la geopolítica no como un tablero de ajedrez ideológico, sino como un balance de resultados contables. La figura de Butler nos recuerda que la verdadera lealtad a un país a veces implica denunciar las estructuras de poder que lo parasitan desde dentro.
A pesar de los intentos por desacreditarlo en su momento, calificándolo de excéntrico o incluso de traidor, Butler se mantuvo firme. Su integridad fue puesta a prueba cuando un grupo de empresarios intentó reclutarlo para liderar un golpe de estado contra Franklin D. Roosevelt (el famoso Business Plot). Butler, fiel a sus principios democráticos, denunció la conspiración ante el Congreso, demostrando que su oposición a la guerra no nacía del odio a su país, sino de un amor profundo por la justicia y la verdad.
¿Por qué se considera a Smedley Butler una figura única en la historia militar?
Porque alcanzó el rango de General de División y recibió dos Medallas de Honor, para luego convertirse en un crítico feroz del imperialismo y el lucro cesante de las guerras, algo sin precedentes en un militar de su nivel.
¿Cuál es la tesis principal de su libro La guerra es un latrocinio?
Que las guerras son orquestadas principalmente para beneficiar económicamente a corporaciones y bancos, ocultando estos intereses tras discursos de patriotismo y seguridad nacional.
¿Qué fue el Business Plot que denunció Butler?
Fue una supuesta conspiración política en 1933 donde un grupo de empresarios adinerados intentó derrocar al presidente Roosevelt e instaurar una dictadura fascista, ofreciendo a Butler el mando de la misma.
¿Qué soluciones propuso Butler para evitar conflictos innecesarios?
Propuso que los beneficios de guerra fueran limitados por ley, que solo los combatientes pudieran votar para ir a la guerra y que el ejército se limitara exclusivamente a funciones defensivas territoriales.


