La sombra del pastor bajo la lupa de la historia
Cuando pensamos en el rey David, la imagen que suele asomar en el inconsciente colectivo es la del joven rubicundo que derriba a un gigante con una honda, o la del monarca arrepentido que compone salmos de una belleza desgarradora. Es el hito central de la monarquía israelita, el ancestro del Mesías y el paradigma del hombre conforme al corazón de Dios. Sin embargo, si nos alejamos de las láminas de catecismo y nos adentramos en la crudeza de los textos hebreos originales, nos topamos con una figura mucho más compleja, contradictoria y, sobre todo, profundamente humana. La sexualidad de David no es un detalle menor ni un cotilleo histórico; es una grieta por la que se cuela la luz de una época que entendía la intimidad y el poder de formas que hoy nos resultan ajenas, y en ocasiones, escandalosas.
Este artículo no pretende imponer una etiqueta moderna sobre una psique antigua. Sería un error de principiante juzgar al David del siglo X a.C. con las categorías de género del siglo XXI. Lo que sí haremos es diseccionar los silencios, las exageraciones y las descripciones físicas que el Tanaj —la Biblia hebrea— nos ha legado. En los entresijos de su relación con Jonatán, en su obsesión por Betsabé y en su danza casi frenética frente al Arca, se esconde un hombre que desbordaba los límites de lo convencional. David era un guerrero, un político despiadado y un poeta; pero por encima de todo, era un ser de deseos intensos que no siempre encajaban en la rigidez de la ley que él mismo debía defender. Para entender su enigma, hay que estar dispuestos a leer entre líneas y a cuestionar la censura que siglos de tradición patrística han impuesto sobre su historia.
El contexto cultural y la ambigüedad del lenguaje semítico
Para hablar de la sexualidad de David, primero debemos entender las herramientas con las que se escribió su historia. El hebreo bíblico es un idioma de una economía verbal asombrosa, pero de una carga semántica explosiva. Palabras como ahavah (amor) no se limitan al afecto romántico o familiar; pueden describir la lealtad política entre estados vasallos o el fervor religioso más extremo. Sin embargo, en el ciclo de David, este lenguaje adquiere matices que van más allá de lo diplomático. No estamos ante un frío registro de crónicas reales, sino ante una narrativa que palpita con una intensidad emocional que a menudo incomoda a los traductores.
En el antiguo Oriente Próximo, el concepto de identidad sexual tal como lo conocemos no existía. No había «homosexuales» o «heterosexuales»; había actos, roles de poder y alianzas. La masculinidad se medía por la capacidad de dominio, tanto en el campo de batalla como en el lecho. No obstante, el caso de David es excepcional porque el texto se detiene en su belleza física de una manera inusual para un líder bíblico. Se nos dice que era «rubio, de hermosos ojos y de buena presencia». Esta insistencia en su atractivo sugiere que su carisma no era solo espiritual, sino físico, algo que atraía tanto a hombres como a mujeres. En este caldo de cultivo, las relaciones de David se entrelazan con el poder de una forma que hace imposible separar el afecto personal de la ambición política.
Es fundamental considerar que el registro de los Libros de Samuel fue redactado y editado por manos que tenían un interés teológico claro. Aun así, la fuerza de los hechos originales era tan potente que no pudieron —o no quisieron— borrar las aristas más crudas de la vida del rey. El lenguaje semítico nos permite ver que la relación de David con otros hombres no era vista necesariamente bajo la lente del pecado que más tarde impondría el levítico de forma más estricta en las interpretaciones rabínicas posteriores, sino como una manifestación de una nephesh (alma) que buscaba desesperadamente conexión.
Jonatán y David: un pacto que trasciende la amistad
Llegamos al núcleo del debate. La relación entre David y Jonatán, el hijo del rey Saúl, es quizá la descripción más profunda de amor entre dos hombres en toda la literatura antigua, superando en intensidad lírica incluso a Aquiles y Patroclo. El texto de 1 Samuel 18 comienza con una declaración contundente: «el alma de Jonatán quedó ligada con la de David, y lo amó Jonatán como a sí mismo». El verbo hebreo utilizado para «ligada», nishperah, sugiere un nudo que no se puede desatar, una amalgama de identidades.
Lo que sigue no es una simple camaradería de armas. Jonatán se despoja de sus vestiduras reales, de su espada y de su arco para dárselos a David. En términos simbólicos, le está entregando su derecho al trono, pero en términos narrativos, es un acto de vulnerabilidad extrema. Se desnuda ante el pastor que ha venido a ocupar su lugar. Muchos estudiosos minimizan esto como un acto puramente político, pero el texto insiste en la emocionalidad. Se besan, lloran juntos hasta que «David lloró más» (1 Samuel 20:41). ¿Es este el comportamiento de dos generales de la Edad del Hierro? Es posible, pero la insistencia en el afecto físico sugiere una dimensión que la exégesis tradicional ha tratado de enterrar bajo la alfombra de la «amistad platónica».
El pacto entre ambos se renueva constantemente. No es un contrato legal, es una comunión de voluntades. La Biblia usa la misma terminología para el amor de Jonatán hacia David que para el amor de un hombre hacia su esposa en otros pasajes. Si bien no podemos afirmar con certeza quirúrgica que hubiera una relación física, el subtexto erótico es innegable para cualquiera que lea el texto sin los anteojos de la moralidad victoriana. La atracción de Jonatán hacia David nace de la admiración por su valor, pero evoluciona hacia una entrega absoluta que desafía incluso la autoridad de su padre, Saúl, quien en un arrebato de ira acusa a su hijo de haber elegido a David para su propia «vergüenza y para la vergüenza de la desnudez de su madre». Saúl, en su locura, identifica la relación como algo deshonroso y sexualmente desviado para los estándares de la realeza.
El llanto por Saúl y Jonatán: más allá del luto fraternal
Tras la muerte de Jonatán en el monte Gilboa, David compone uno de los poemas más desgarradores de la Biblia: el Lamento del Arco. En él, David exclama: «Angustia tengo por ti, hermano mío Jonatán, que me fuiste muy dulce. Más maravilloso me fue tu amor que el amor de las mujeres». Esta frase es la piedra de toque para quienes ven en David una orientación sexual diversa. No es una hipérbole poética común; es una comparación directa y deliberada. David, que tuvo múltiples esposas y concubinas, coloca el amor de Jonatán en un pedestal superior al deseo heterosexual.
El uso de la palabra «dulce» (na’amta) en hebreo tiene connotaciones de placer físico y delicia. No se refiere simplemente a una amabilidad de carácter, sino a un deleite en la presencia del otro. Al decir que ese amor era superior al de las mujeres, David está rompiendo el esquema social de su tiempo. En una sociedad donde la mujer era vista principalmente como un medio para la procreación y la alianza dinástica, David declara que la conexión íntima con un hombre es la cima de su experiencia emocional. Este lamento no fue escrito para ser leído en secreto; era una canción pública, un himno nacional que los hijos de Judá debían aprender. David no ocultaba su pérdida; la glorificaba.
Si analizamos la estructura del lamento, vemos que David no menciona a sus esposas con tal fervor. A lo largo de su vida, sus matrimonios suelen estar teñidos de estrategia política (Mical, Abigaíl) o de lujuria impulsiva (Betsabé). Pero con Jonatán, el lenguaje es de igualdad y comunión espiritual. Es el único vínculo en la vida de David que parece libre de la sombra de la manipulación. Este «amor maravilloso» se convierte en el estándar contra el cual se miden todas sus otras relaciones, y ninguna logra alcanzarlo. La muerte de Jonatán deja un vacío que David intentará llenar, infructuosamente, durante el resto de su reinado.
La masculinidad en la corte de Saúl: el guerrero y el músico
La entrada de David en la esfera pública ocurre a través de dos vías que parecen contradictorias pero que en él se fusionan: la violencia y el arte. Por un lado, es el matador de gigantes; por otro, es el músico delicado que calma los demonios de Saúl con su arpa. Esta dualidad es fundamental para entender su atractivo sexual. David no encajaba en el molde del bruto militar. Su capacidad para expresar emociones profundas a través de la música lo convertía en una figura magnética y, para algunos, sospechosa.
En la corte de Saúl, David habita un espacio de ambigüedad. Se convierte en el favorito del rey, pero también en el objeto de su paranoia. Es interesante notar cómo el texto subraya que «todo Israel y Judá amaba a David». Este amor colectivo tiene un componente de fascinación casi erótica por el héroe joven y agraciado. La tensión entre David y Saúl también ha sido objeto de estudio: ¿era solo una rivalidad por el trono, o había en el odio de Saúl un componente de despecho? Saúl buscaba la compañía de David para aliviar su melancolía, pero al mismo tiempo intentaba atravesarlo con una lanza. Esta relación amor-odio sugiere una intensidad que va más allá de lo puramente político.
El joven David se mueve en un mundo de hombres —campamentos militares, cortes reales, guardias personales— donde la intimidad física era inevitable y a menudo fomentada como parte de la cohesión del grupo. Sin embargo, David destaca por su sensibilidad. Sus salmos, muchos de los cuales se le atribuyen tradicionalmente, muestran una vulnerabilidad que no solemos asociar con los monarcas de la antigüedad. Esa apertura emocional es lo que permite que su relación con Jonatán florezca. En un entorno donde la masculinidad era una armadura, David y Jonatán decidieron quitársela, tanto literal como figuradamente.
Betsabé y el deseo destructivo: ¿una contradicción o una faceta más?
Para muchos, el episodio con Betsabé es la prueba definitiva de la heterosexualidad de David. Después de todo, puso en riesgo su reino y su alma por el deseo de una mujer. Pero si miramos más de cerca, el caso de Betsabé no desmiente la complejidad de su sexualidad, sino que la subraya. El deseo de David por Betsabé es visual, repentino y profundamente egoísta. No hay aquí el «alma ligada» que vemos con Jonatán. Es una explosión de eros crudo y poder absoluto.
El encuentro con Betsabé ocurre en un momento en que David ya no sale a la guerra. Se queda en su palacio, ocioso, observando desde las alturas. Este David es muy diferente al joven que corría por las colinas con Jonatán. Su sexualidad aquí se manifiesta como una herramienta de dominación. Toma lo que quiere porque puede. El asesinato de Urías el hitita, el esposo de Betsabé, es el acto de un hombre cuya brújula moral se ha roto bajo el peso de sus propios impulsos. La intensidad de su pasión por Betsabé muestra que David era, en efecto, un hombre de grandes apetitos, capaz de sentirse atraído por la belleza femenina de forma devastadora.
¿Podemos hablar entonces de bisexualidad? En términos modernos, quizá. Pero es más preciso hablar de una personalidad arrolladora que buscaba la belleza y la conexión en todas sus formas. La tragedia de Betsabé es el reverso oscuro de la moneda de su sensibilidad. El mismo hombre que podía llorar de ternura por un amigo era capaz de una crueldad gélida para satisfacer un capricho carnal. Su sexualidad no era un camino recto, sino un laberinto de impulsos donde el amor sagrado y el deseo profano se daban la mano constantemente.
El lenguaje del cuerpo en el Tanaj: gestos, besos y desnudamiento
A menudo, los lectores modernos pasan por alto la importancia de los gestos físicos en los textos bíblicos. En el caso de David, el cuerpo está siempre presente. No solo en sus hazañas bélicas, sino en sus interacciones íntimas. Cuando David y Jonatán se despiden, el texto dice que «se besaron el uno al otro». En el contexto semítico, el beso entre hombres podía ser un saludo formal, pero la descripción del llanto conjunto sugiere algo mucho más cargado de afecto personal. No es el beso gélido de la diplomacia, es el beso del dolor por la separación.
Otro momento clave es cuando David baila ante el Arca de la Alianza. 2 Samuel 6 describe a David saltando y danzando con todas sus fuerzas, vestido únicamente con un efod de lino (una prenda ligera que dejaba poco a la imaginación). Su esposa Mical lo observa desde la ventana y lo desprecia, acusándolo de haberse «descubierto hoy delante de las criadas de sus siervos, como se descubre sin decoro un cualquiera». La respuesta de David es reveladora: afirma que lo hizo ante el Señor y que está dispuesto a ser aún más «vil» o humilde a sus propios ojos. Aquí vemos a un David que no teme a la desnudez ni a la exhibición de su cuerpo como forma de éxtasis, ya sea religioso o emocional.
Esta falta de inhibición corporal es una constante. David es un hombre que habita su piel sin las restricciones de la vergüenza que caracterizarían a épocas posteriores. Su relación con el cuerpo —el suyo y el de los demás— es directa y apasionada. Ya sea en la batalla, en el baile o en la cama, David se entrega por completo. Esta fluidez gestual refuerza la idea de que su sexualidad no era algo guardado en un compartimento estanco, sino una fuerza que impregnaba todas sus acciones, desde su adoración a Dios hasta su trato con sus capitanes.
La visión de los padres de la Iglesia y la censura histórica
¿Cómo es que la imagen de un David potencialmente queers o, al menos, sexualmente ambiguo, se perdió en la historia? La respuesta está en la interpretación posterior. Con el ascenso del cristianismo y la consolidación del judaísmo rabínico, las figuras bíblicas fueron sometidas a un proceso de «limpieza» moral. Los Padres de la Iglesia, como Agustín o Jerónimo, veían la Biblia a través de una lente platónica y ascética. Para ellos, la idea de que el ancestro de Cristo pudiera haber tenido una relación homoerótica era impensable.
Así, el amor por Jonatán fue reinterpretado sistemáticamente como un modelo de «caritas» (amor cristiano desinteresado) o de amistad espiritual. Se despojó a la relación de todo rastro de carnalidad para convertirla en una alegoría de la relación entre el alma y Dios, o entre la Iglesia y Cristo. Esta censura no fue necesariamente malintencionada, sino fruto de un paradigma que no podía concebir la santidad unida a una sexualidad no normativa. Las traducciones también jugaron su papel, suavizando términos hebreos que eran demasiado explícitos o románticos.
Incluso en el arte renacentista, donde David es representado como un ideal de belleza masculina (pensemos en el David de Donatello o el de Verrocchio), hay un subtexto erótico innegable. El David de Donatello, con su sombrero de ala ancha y su pose lánguida, captura algo de esa ambigüedad que los textos sugieren. Sin embargo, la teología oficial siempre mantuvo una barrera rígida. Se prefería enfatizar su pecado con Betsabé —un pecado «comprensible» y heterosexual que podía ser perdonado mediante el arrepentimiento— que explorar las implicaciones de su amor por Jonatán, que desafiaba las estructuras de la familia patriarcal.
Teología queer y la recuperación del David humano
En las últimas décadas, la llamada Teología Queer y los estudios bíblicos críticos han rescatado la figura de David del corsé de la ortodoxia. Estos estudiosos no buscan «sacar a David del armario», ya que eso sería un anacronismo, sino reconocer que la Biblia contiene narrativas que celebran la diversidad del deseo humano. Al leer la historia de David y Jonatán sin prejuicios, se descubre una veta de sabiduría oculta que nos habla de la posibilidad de amores profundos que no encajan en las instituciones tradicionales.
Esta relectura tiene un valor incalculable para quienes han sido marginados por las religiones organizadas. David, el ungido de Dios, el rey de Israel, se convierte en un espejo donde pueden verse reflejadas realidades afectivas complejas. Su historia nos enseña que la santidad no depende de la conformidad con una norma sexual, sino de la integridad del corazón y la capacidad de amar de forma radical. La Biblia, lejos de ser un libro monolítico de prohibiciones, resulta ser un tapiz de experiencias humanas donde el deseo es a menudo el motor de la revelación divina.
Al final del día, el enigma del rey David no se resuelve con un sí o un no rotundo. Se resuelve aceptando su sombra y su luz. Fue un hombre que amó a hombres y mujeres, que pecó terriblemente y que buscó a Dios con una pasión que quemaba. Su sexualidad es una parte integral de esa búsqueda. Al reconocer la posibilidad de su amor por Jonatán como algo más que una anécdota, no estamos profanando su memoria; estamos honrando la totalidad de su humanidad. El David de los textos sagrados es mucho más interesante, más vibrante y más cercano a nosotros que el busto de mármol de la tradición.
Conclusión: el rey de las mil caras
A lo largo de este recorrido por la vida de David, hemos visto que los textos sagrados son mucho más valientes que sus intérpretes. El autor de los Libros de Samuel no tuvo reparos en describir un amor entre dos hombres que superaba al de las mujeres, ni en mostrar la desnudez de un rey que danzaba hasta el éxtasis. La sexualidad de David es un recordatorio de que la experiencia humana es vasta y que las etiquetas que hoy usamos son solo intentos precarios de cartografiar un territorio infinito.
David sigue siendo una figura central porque representa la lucha interna de todo ser humano: la tensión entre lo que se espera de nosotros y lo que realmente somos. En su cama, en su trono y en sus salmos, David fue un hombre que vivió con una intensidad que todavía hoy nos interpela. Quizá el mayor misterio no sea si David era o no lo que hoy llamaríamos bisexual, sino cómo una historia tan cruda y honesta ha logrado sobrevivir a milenios de censura. Al final, la verdad de su nephesh —su alma— sigue latiendo en cada verso, invitándonos a mirar más allá de lo evidente y a encontrar la sabiduría oculta en las grietas de la historia sagrada. David es, y seguirá siendo, el rey de las mil caras, un espejo de nuestras propias complejidades y un testimonio de que, ante los ojos de lo divino, lo que importa no es a quién amamos, sino la profundidad y la verdad con que lo hacemos.
¿Afirma la Biblia explícitamente que David era homosexual?
No. El concepto de «homosexualidad» como identidad es una construcción moderna que no existía en tiempos bíblicos. El texto describe acciones, sentimientos y pactos profundos entre David y Jonatán, pero no utiliza categorías de orientación sexual. Describe un amor intenso que el propio David califica como superior al amor de las mujeres.
¿Qué importancia tiene que David amara a Jonatán «más que a las mujeres»?
Es una declaración literaria y emocional de gran peso. En una cultura donde el matrimonio con mujeres era la base de la estructura social y la supervivencia dinástica, que el rey coloque su afecto por un hombre por encima de ese vínculo sugiere una relación de una profundidad emocional y personal excepcional, que trasciende la norma social de su época.
¿Cómo reaccionó la iglesia histórica ante estas interpretaciones?
Históricamente, la Iglesia ha tendido a espiritualizar la relación entre David y Jonatán, viéndola como un modelo de amistad casta o una prefiguración de la caridad cristiana. Las lecturas que sugieren un componente erótico o romántico han sido generalmente rechazadas o ignoradas por la ortodoxia para preservar la imagen moral del rey David.
¿Influye la sexualidad de David en su papel como figura religiosa?
Desde una perspectiva teológica moderna, sí. Sugiere que el «hombre conforme al corazón de Dios» poseía una humanidad compleja y una sexualidad que no se ajustaba a los moldes rígidos. Esto humaniza la figura de David y permite que personas con diversas identidades se sientan identificadas con su búsqueda espiritual y su relación con lo divino.
