Imagine vivir en un país donde no puede cruzar la calle porque pertenece a la pandilla contraria. Donde tiene que pagar una «renta» (extorsión) diaria para que no maten a su hijo. Donde ver, oír o callar puede ser una sentencia de muerte.
Ese era El Salvador hace solo unos años. El país más violento del mundo sin estar en guerra.
Hoy, ese mismo país tiene una tasa de homicidios más baja que Canadá. Los barrios están tranquilos. El turismo florece.
¿El precio? La suspensión de las garantías constitucionales, arrestos masivos sin orden judicial y la construcción de la cárcel más grande y severa de América: el CECOT (Centro de Confinamiento del Terrorismo).
El presidente Nayib Bukele llama a esto «Medicina Amarga». Las organizaciones de Derechos Humanos lo llaman «Estado Policial».
Pero la pregunta que usted se hace, y que se hace toda Latinoamérica, es: ¿Era necesario? ¿Había otra forma de extirpar un cáncer que había hecho metástasis en cada rincón de la sociedad?
Acompáñeme a analizar la anatomía del colapso y la resurrección de El Salvador, para entender si la libertad y la seguridad son incompatibles cuando el enemigo es la Mara.
El Estado fallido: Cuando las pandillas gobernaban
Para entender el CECOT, debe entender el terror.
Las pandillas (Mara Salvatrucha MS-13 y Barrio 18) no eran simples delincuentes. Eran un gobierno paralelo.
Controlaban el territorio. Cobraban impuestos. Impartían «justicia». Tenían más de 70.000 miembros activos en un país de 6 millones de habitantes.
Los gobiernos anteriores (ARENA y FMLN) intentaron negociar treguas secretas, dándoles beneficios carcelarios a cambio de bajar los homicidios. Esto solo fortaleció a las pandillas, dándoles legitimidad política.
En marzo de 2022, las pandillas rompieron un pacto secreto con el gobierno de Bukele y mataron a 87 personas en un fin de semana para demostrar su poder.
Fue el error fatal. Bukele respondió no con negociación, sino con guerra total.
El Régimen de Excepción: La red de arrastre
El gobierno decretó el Régimen de Excepción.
- Se eliminó la necesidad de orden judicial para arrestar.
- Se amplió el tiempo de detención sin juicio.
- Se intervinieron las comunicaciones.
La policía y el ejército entraron en los barrios y se llevaron a cualquiera que pareciera pandillero. Tatuajes, antecedentes, denuncias anónimas.
En meses, arrestaron a más de 70.000 personas. El 1% de la población total del país estaba en la cárcel.
El CECOT: La tumba de hormigón
Para meter a tanta gente, construyeron el CECOT en 7 meses.
Es una fortaleza diseñada para que nadie salga.
- Muros de 11 metros.
- Celdas para 100 personas con solo dos inodoros y dos piletas.
- Sin colchones. Duermen en láminas de metal.
- Sin visitas familiares ni conyugales.
- Sin luz solar directa.
- Juicios masivos virtuales (hasta 900 acusados a la vez).
El mensaje es claro: «No van a volver a ver la luz del día». Es una muerte civil.
El debate moral: ¿Justicia o Venganza?
Aquí es donde usted debe decidir.
Las ONGs internacionales (Amnistía, Human Rights Watch) denuncian que miles de inocentes han sido arrestados solo por vivir en zonas pobres o tener tatuajes artísticos. Reportan torturas y muertes bajo custodia. Argumentan que se ha destruido el Estado de Derecho y que Bukele se ha convertido en un dictador.
Pero si usted habla con el salvadoreño promedio, la respuesta es diferente.
El índice de aprobación de Bukele ronda el 90%.
La gente dice: «Ahora puedo abrir mi tienda sin pagar renta». «Mis hijos pueden jugar en el parque». «Antes vivíamos con miedo, ahora vivimos en paz».
Para ellos, los derechos humanos de los delincuentes no valen más que los derechos humanos de las víctimas honestas que sufrieron durante 30 años.
¿Era la única salida?
Los expertos en seguridad debaten si existía una alternativa.
Los programas de prevención social (educación, empleo) tardan una generación en funcionar. El Salvador se estaba desangrando ya.
La «Mano Dura» anterior había fallado porque el sistema judicial era corrupto y lento, y las cárceles eran centros de mando para las pandillas.
Bukele cambió la ecuación al:
- Cortar la comunicación desde las cárceles (bloqueo de señal).
- Arrestar a la base social de la pandilla, no solo a los líderes, quitándoles la mano de obra.
- Ignorar el debido proceso individual en favor de la seguridad colectiva inmediata.
Fue una terapia de choque. Brutal, ilegal bajo estándares democráticos normales, pero innegablemente efectiva en su objetivo primario: detener la matanza.
Conclusión: El modelo Bukele
El Salvador es hoy un laboratorio político. Ha demostrado que se puede acabar con el crimen organizado en tiempo récord, pero el costo es entregar todo el poder a un solo hombre y sacrificar las libertades civiles.
El CECOT es necesario si se acepta que la situación era una guerra. En la guerra, no hay garantías, solo vencedores y vencidos.
La pregunta para el futuro es: ¿Qué pasará cuando el enemigo ya no esté? ¿Devolverá el Estado el poder que tomó prestado, o el Régimen de Excepción se convertirá en la nueva normalidad permanente?
